
UN INFANTICIDIO.
I.
Cuando los vínculos de la familia se relajan; cuando se profana el hogar doméstico, la felicidad, la paz y el sosiego huyen de la casa donde ha penetrado el vicio, y donde este hace una víctima inocente del miembro que ama la virtud.
El matrimonio, esa unión tan respetada por todos los pueblos, aun los más bárbaros, porque es la base fundamental de la familia, de las naciones y de la humanidad entera, no podría subsistir si entre los que le constituyen no reinara la buena armonía, producto de la fidelidad y del cariño.
Por eso hubo muchos pueblos de la antigüedad que castigaron con severísimas penas el adulterio, porque lo juzgaron, y no sin razón, como uno de los delitos más graves que podían cometerse, pues trascendía, no solo a los hijos y a las familias respectivas de los cónyuges, sino hasta la sociedad en general, porque naturalmente siempre influyen en daño de la moralidad unos miembros corrompidos.
Aunque parece impropio este preámbulo, tratándose de un crimen como el de infanticidio, sin embargo, el hecho que vamos a narrar nace de ese otro hecho cuya importancia, gravedad y trascendencia hemos apuntado.
II.
Vivía en una casa-cortijo, en el término de Chinchilla, en la provincia de Albacete, un matrimonio, teniendo una hermana de la mujer en su compañía.
La más tranquila calma y la más cordial alegría reinaban al parecer entre los tres miembros que constituían aquella familia que dedicaba sus brazos y su inteligencia al cultivo del campo perteneciente a la casa.
Aun cuando el marido miraba con peculiar aprecio a la cuñada, la mujer de aquel no había concebido ni la más leve sospecha, pues no podía creer que su misma hermana conspirase contra su felicidad, erigiéndose en su rival.
Nadie ignora los malos resultados que puede producir esa especie de pasión amorosa, que suele convertirse en un vértigo terrible, por lo mismo avíe tienen que cubrirse con el velo del misterio, atendido su ilegitimo origen.
Horrorosos ejemplos nos ofrecen los fastos judiciales de maridos que asesinaron a sus mujeres, y de mujeres que mataron a sus esposos, tomando siempre parte en estos crímenes o el querido o la querida del cónyuge criminal, y los que al fin vinieron a espiar su gravísima culpa en un patíbulo.
Por poco se empieza a penetrar en ese sendero. Una palabra, un requiebro, una exigencia hija de un capricho momentáneo, empeñan tanto al hombre, como a la mujer en unas relaciones que llegan a convertirse en una pasión inmensa, y terminan después, como hemos dicho antes, en un vértigo.
Desde el mismo instante que la mujer o el hombre dan abrigo en su corazón a esa pasión criminal, la felicidad y la calma desaparecen del hogar doméstico, y empiezan para el cónyuge inocente una serie de malos tratamientos, o de perversos engaños, que muchas veces concluyen en trágicas y sangrientas escenas.
Afortunadamente no tenemos que lamentar aquí ese doble crimen, que pudiera muy bien haberse llevado a cabo por los autores del infanticidio si la justicia de los hombres, no lo hubiera descubierto en tiempo oportuno y separado a los delincuentes.
Y decimos que hubiera sido fácil, porque quien comete un delito de esa naturaleza, con una premeditación y sangre fría que espantan, capaz es también de proyectar la desaparición del haz de la tierra de la persona que se opone con su sola existencia a sus perversos é ilusorios planes.
Ya hemos indicado que la mujer no abrigaba la más leve sospecha de las relaciones ilegítimas que existían entre su marido y su hermana.
Y no era solo esto. Llegaba a tal grado su confianza que no advirtió que su hermana estuviera en cinta.
Los dos cuñados por su parte, con el pretexto de las labores del campo, estaban siempre juntos.
Llegó un día en que Juana, daremos este nombre a la cuñada, dijo a su cuñado, que llamaremos Andrés para mejor inteligencia de esta crónica:
—Has de saber, Andrés, que estoy embarazada.
— ¿De veras? preguntó Andrés como asombrado.
—Y tan de veras.
—Pues es preciso que lo ignore María, daremos este nombre a la mujer, porque si llegase a saberlo éramos perdidos; ¡bonito genio tiene tu hermana!
—Cierto, y por lo mismo te lo comunico á tú, para que determines lo que debemos hacer.
Andrés quedó pensativo algunos instantes, y después volviéndose con ademan resuelto a su cuñada la dijo con una pasmosa sangre fría:
—Enterraremos la criatura.
—Pero…
No hay otro remedio, repuso Andrés interrumpiendo a Juana.
—Está muy bien: tú harás lo que creas más conveniente, dijo aquella mujer con una resolución inexplicable.
Parece mentira que Juana no hubiera sentido los afectos de la maternidad.
Parece mentira que no hubiera nacido en su corazón ni un átomo siquiera de cariño al fruto que llevaba en sus entrañas.
En Juana la idea del honor perdido no podía hacer ninguna impresión, como en la doncella que viviendo en un pueblo puede quedar deshonrada, si las gentes saben su falta; porque vivía en un retirado cortijo, donde nadie fijaba sus ojos.
Juana no podía temer más que la indignación de su hermana María, si esta llegaba a descubrir su culpa, pero semejante temor era infundado, puesto que, o María ignoraba todo lo ocurrido entre los dos cuñados, o se había hecho la desentendida durante todo el tiempo que duró el embarazo de la culpable.
A Juana no se le ocurrió, en fin, llevar a su hijo a una casa de beneficencia, o colocarlo a la puerta de la casa del ayuntamiento del pueblo, o de la de un vecino, para que le recogieran.
Juana, pues, no quiso salvar la vida a su inocente hijo.
Ni una fiera habría hecho otro tanto.
Andrés, mirando de hito en hito a su cuñada, la preguntó con cierto aire de temor:
— ¿Y estás ya muy adelantada?
—Bastante; le contestó Juana.
—Pues en cuanto sientas los dolores avísame.
— ¿Y para qué?
—Diremos que nos vamos por leña y sables del paso sin que lo advierta ni sepa nada… ¿Me comprendes?
—Sí; descuida que haré lo que tú me mandes.
—Corriente.
Juana y Andrés se separaron con la misma frescura que si hubieran estado tratando de un asunto cualquiera el más insignificante de la casa.
III.
Aunque María no advirtió, o no quiso darse por entendida del embarazo de su hermana, no sucedió así con respecto a los vecinos del inmediato pueblo de Valdeganga.
Bien sea por las excursiones que Juana hacia a esta villa o ya porque los vecinos de la misma pasasen con frecuencia por las inmediaciones del cortijo, lo cierto de ello es que sospecharon primero de la buena armonía que reinaba entre los dos cuñados, y que descubrieron después sus relaciones criminales y el resultado de ellas.
Todo el pueblo de Valdeganga tenía fijas las miradas en Juana, esperando el resultado de su embarazo.
Al principio sospecharon que intentaría un aborto, pero viéndola tan adelantada, variaron de modo de pensar y temieron que la criatura dejaría de existir en el instante que viera la luz del día.
Y ciertamente que pensando mal acertaban. Llegó con efecto el momento crítico. Juana había sentido durante la noche algunos dolorcillos que se hicieron mucho más intensos a la madrugada.
Levantóse al rayar el día y llevándose a Andrés a una de las habitaciones de la casa, le dijo:
—Es preciso que marchemos enseguida al monte. Los dolores que tengo son insufribles.
—Pues aguanta cuanto puedas; voy a enganchar el carro y partiremos al instante.
Andrés entró entonces, donde estaba su mujer y la dijo, para evitar toda sospecha:
—Voy por un carro de leña y me llevo a Juana para que me ayude.
María le contestó:
—Haz lo que quieras. Pocos minutos después Andrés y Juana marchaban en el carro con dirección al monte.
IV.
La experiencia diaria nos ha demostrado que no hay en la tierra un cariño, un amor más entrañable que el de la maternidad.
Si queréis matar de dolor una madre, arrebatadla de sus brazos al hijo de sus entrañas, y caerá a vuestros pies transida de pesar y de angustia.
La madre concentra toda su existencia en el fruto que lleva en su seno, y apenas le arroja al mundo entre los más agudos dolores, ya le estrecha con un júbilo inmenso inconcebible contra su corazón, y empieza a alimentarle con su propia sangre.
Después de esto que ha justificado la experiencia ¿Concebís el infanticidio?
No; nosotros debíamos creer que semejante crimen no existía, como los romanos suponían también por una ficción legal que no existía el parricidio.
Semejante crimen debe ser hijo de la locura o de un temor tan grande que embarga la razón y los sentimientos de esa madre mucho más feroz que las mismas fieras.
¿Qué pensamientos cruzarían por la mente de Juana en el tiempo que emplearon hasta llegar al monte?
¿Cuáles serían los de Andrés?
Aquellos dos seres humanos no debían abrigar en su corazón ningún sentimiento generoso.
Juana, no solo menospreció su honra, sino que había faltado a una hermana que partió con ella el pedazo de pan de su mesa, y la acogió bajo el techo de su hogar.
Andrés, había quebrantado el vínculo santo del matrimonio, y deshonrado una joven que era hermana de su esposa.
Después de estas faltas iban a cometer otra mucho más grave; un crimen horrible, a dar muerte al hijo fruto de sus relaciones culpables.
¿Qué pensamientos deberemos suponer que cruzaron por la mente de aquellos dos desgraciados?
En vano nos desharíamos en hipótesis y suposiciones. Es imposible que nadie pueda adivinar lo que aquellos pensaron, durante el tiempo que tardaron en llegar al monte.
Cuando Andrés vio un sitio apropósito para el lance que les llevara allí, paró su carro y ayudó a Juana a que bajara de él.
Los agudos dolores que había sufrido de vez en cuando la tenían algo abatida, y Andrés tuvo que hacer un esfuerzo para sostenerla.
Los dolores entonces se pronunciaron con más fuerza y una hora después, Juana dio á luz una robusta criatura, que Andrés cogió en sus brazos.
Juana oyó su llanto, pero al instante cesó de gemir.
Andrés había ahogado a su hijo y cogiendo la azada abrió una fosa al pie de un enebro y le enterró en ella.
Respuesta algún tanto Juana de trance tan fuerte y doloroso, y dispuesto ya todo, partieron para el cortijo, como si nada hubiera pasado.
María continuó tranquila, o aparentó estarlo pues al verles les salió al encuentro y aun les ayudó a colocar la leña en el sitio de costumbre.
V.
Los infanticidas creyeronse ya libres de todo disgusto, pues para evitarlo dieron muerte a su hijo. Nótese bien este hecho.
Para remediar una falta, cometieron un crimen.
Pues siempre obra de una misma manera el que una vez se lanza por el tortuoso sendero del mal.
Pero los culpables no se acordaban de que existía la Guardia Civil.
Los vecinos de Valdeganga, aunque ignoraban los detalles, sabían el suceso.
Cierta tarde hallábanse unas mujeres tomando el sol en una solana y al pasar por junto a ellas, el cabo 1. ° José Pérez Monserrat, comandante del puesto de aquel pueblo, una dijo en voz alta, sin duda con el objeto de que la oyera el cabo:
— ¿Sabes, chica, que Juana la que habita en ese cortijo inmediato al pueblo, ha parido?
— ¿Sí? ¿Y qué ha hecho de la criatura? preguntó otra.
—La habrán tirado, dijo una tercera, porque no la tienen en su casa.
Al oír esto Pérez se dirigió a la casa-cuartel y mandó a los Guardias segundos Francisco García Jordán y Gregorio Alfaro García que le acompañaran.
Emprendieron el camino del cortijo y antes de llegar a la casa se encontraron con la Juana que estaba arrancando tomillos.
Acercóse á ella el cabo Pérez y le hizo algunas preguntas de la mejor manera posible; pero la Juana se negó a confesar la verdad.
Estrechada más y más por las prudentes reflexiones del cabo, confesóle al fin, aun cuando en secreto, todo lo que había pasado, y la historia de sus relaciones con el marido de su hermana.
Convencido el Pérez que era verdad lo que aquella le manifestaba, se llegó al cortijo y encontrando en él a Andrés, le obligó a que le siguiera.
La mujer de aquel desgraciado quedó sumida en el mayor luto y desconsuelo. Sabía que su marido era indigno de ella, y que además iba a espiar un crimen de infanticidio.
Partieron los Guardias con los culpables, y el cabo Pérez empezó a instruir las primeras diligencias. Tanto Andrés como Juana al ver que sus declaraciones se consignaban en ellas por escrito, negaron rotundamente el hecho; sin embargo, Pérez entregó a los dos presuntos reos con todo lo actuado a la autoridad competente.
Por tan importante servicio recibió el cabo Pérez las gracias de todas las autoridades.
Al narrar este hecho, apenas hacemos sobre él algunas reflexiones, porque nuestros lectores le comentarán mucho mejor que nosotros y apreciarán debidamente los beneficios que reporta la Guardia Civil.
CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL










































































