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Urda ha vuelto a poner de manifiesto la entrega de quienes sirven a los ciudadanos. Pero detrás de cada uniforme hay personas que también sienten, sufren y necesitan que alguien cuide de ellas.

Hay frases que dicen mucho más de lo que parece. Algunas nacen del dolor, otras del agradecimiento y unas pocas consiguen expresar, en apenas unos segundos, aquello que miles de personas sienten, pero no siempre saben cómo decir.

Este martes, 3 de noviembre, un familiar de una de las víctimas del accidente ferroviario de Urda (Toledo), en una de esas entrevistas de televisión que se vienen haciendo tras el accidente ferroviario, ha pronunciado unas palabras que merecen quedar recogidas: «A pesar de todo hay cosas que aún funcionan en España, la gente, los sanitarios,  la UME, la Guardia Civil..., hay que cuidar de ellos, de los nuestros».

No es una declaración institucional. No es un discurso preparado ni una felicitación protocolaria. Es el reconocimiento de alguien que conoce de cerca el dolor de una tragedia y que, en medio de la pérdida y el sufrimiento, ha encontrado motivos para agradecer la entrega de quienes acudieron a ayudar.

Y entre esos nombres aparece, una vez más, la Guardia Civil.

No es casualidad. Tampoco es una imagen excepcional. Forma parte de una historia de servicio que se repite cada vez que una catástrofe golpea a nuestro país: en una carretera, en una vía ferroviaria, en una montaña, bajo el agua, entre los escombros de un edificio o en medio de un incendio. Cuando alguien necesita ayuda, allí está la Guardia Civil.

Los primeros en llegar y, demasiadas veces, los últimos en marcharse.

Personas que, en medio de una tragedia de dimensiones extraordinarias, tuvieron que actuar con profesionalidad, serenidad y determinación mientras a su alrededor se acumulaban escenas que difícilmente pueden olvidarse.

La Guardia Civil estuvo allí. Como tantas otras veces, sus hombres y mujeres llegaron para ayudar, y como tantas otras veces, los primeros y permanecieron cuando la urgencia inicial había dado paso a una tarea todavía más dura: buscar, identificar, recuperar, preservar y acompañar. Una labor prolongada, silenciosa y, en muchas ocasiones, emocionalmente devastadora.

En Urda, la actuación de la Institución volvió a mostrar la amplitud de sus capacidades. Agentes de Seguridad Ciudadana, Policía Judicial, Servicio de Criminalística, Servicio Cinológico, Servicio Aéreo, unidades de drones y contradrones, Agrupación de Reserva y Seguridad, Tráfico y Escuadrón de Caballería, entre otros efectivos, participaron en un dispositivo que exigió coordinación, especialización y una presencia continuada en la zona del siniestro.

Pero detrás de ese despliegue hay historias que no deberían quedar reducidas a una cifra de efectivos o a un balance de actuaciones. Muchas desconocidas, otras las hemos conocido a través de los medios de comunicación.

Una de ellas tiene nombre: Salvador Correa, guardia civil de la Unidad de Seguridad de Toledo. Junto a sus compañeros y los bomberos, intervino en el rescate de Almudena, una joven de 32 años que había quedado atrapada en uno de los vagones más devastados del tren Iryo.

Al llegar y entrar en uno de esos vagones desvastados, destruido, oscuro, Salvador escuchó en medio del silencio y del caos, una voz que pedia ayuda. Después apareció una mano. Salvador fue el primero en verla, la sujetó, habló con ella, trató de mantenerla consciente. Durante más de una hora estuvo con ella mientras trabajaban para liberarla. Salvador permaneció en la zona durante horas, con la angustia de no saber cómo terminaría aquella intervención. El alivio llegó al conocer que Almudena, única superviviente de aquel vagón, había sobrevivido. Pero el recuerdo de aquel rescate no terminó cuando abandonó el lugar.

Su emoción al relatarlo, las lágrimas que no pudo contener ante las cámaras, nos recuerdan algo que a veces olvidamos: la profesionalidad no elimina los sentimientos. La preparación permite actuar cuando otros no pueden hacerlo, pero no convierte a quien interviene en alguien inmune al sufrimiento.

Y no fue el único.

Los profesionales de apoyo psicológico de la Guardia Civil también tuvieron que atender a los propios intervinientes, además de a familiares de fallecidos, heridos y compañeros afectados directamente por la tragedia. Algunos agentes habían trabajado durante jornadas especialmente exigentes; otros conocían a personas que habían perdido la vida. En una catástrofe, el uniforme no protege del dolor ni impide que una imagen, un grito o un recuerdo permanezcan durante mucho tiempo.

Por eso, el trabajo de los psicólogos de la Institución no es un complemento secundario del operativo. Es una parte esencial de la atención a quienes han estado expuestos a situaciones extremas. Y debe continuar cuando las cámaras se marchan, cuando los perímetros se levantan y cuando la vida cotidiana parece recuperar su normalidad.

Porque para algunos de los que estuvieron en Urda, la intervención no habrá terminado el día en que abandonen definitivamente la zona cero.

Una Institución que forma parte de su pueblo

Hay otra frase que resume, quizá mejor que cualquier discurso, el vínculo entre la Guardia Civil y la sociedad: «La Guardia Civil es nuestra, es del pueblo».

Y es que la Guardia Civil es nuestra porque pertenece al pueblo, pero también porque el pueblo la reconoce como propia. Y eso, en momentos como el vivido en Urda, no se consigue con discursos ni campañas institucionales. Se gana estando allí, ayudando, rescatando, acompañando y permaneciendo cuando los demás ya se han marchado.

La Guardia Civil no es una realidad ajena a los ciudadanos a los que sirve. Sus hombres y mujeres proceden de esa misma sociedad, comparten sus preocupaciones y conocen el valor de la vida, la familia y la solidaridad. En cada intervención se encuentran con personas que atraviesan momentos de miedo, incertidumbre o desesperación. Y, cuando llega una tragedia como la de Urda, su cometido adquiere una dimensión que va mucho más allá del cumplimiento de una misión profesional.

"La Cartilla" siempre vigente

El artículo cuarto de la Cartilla del Guardia Civil, promulgada por el Duque de Ahumada en 1845, establece que el guardia debe ser «siempre fiel a su deber, sereno en el peligro y desempeñando sus funciones con dignidad, prudencia y firmeza». Y el sexto dice que "...será pronostico feliz para el afligido"

Casi dos siglos después, esas palabras siguen teniendo sentido. Y en Urda hemos vuelto a ver a los guardias civiles ser fieles a las lecciones de su fundador. Ser fiel al deber no significa dejar de ser humano. La serenidad ante el peligro no significa ausencia de miedo. La firmeza necesaria para actuar no impide que, cuando todo termina, aparezcan cansancio, tristeza o lágrimas. Y hemos comprobado como la presencia de la Guardia Civil en cualquier catástrofe es esperanza para quien está sufriendo.

Quizá por eso las imágenes de Salvador emocionado al recordar aquel rescate nos dicen tanto. No muestran debilidad. Muestran la humanidad que existe detrás de un uniforme. La misma humanidad que encontramos en quienes permanecieron junto a las víctimas, en quienes acompañaron a sus familias y en quienes siguieron trabajando cuando la atención pública comienza a desplazarse hacia otros asuntos.

Una historia que se repite en cada gran catástrofe

Lo sucedido en Urda no es un episodio aislado en la trayectoria de la Guardia Civil. Su presencia en grandes accidentes y catástrofes forma parte de una historia que se remonta mucho más allá de las imágenes que hoy vemos en televisión.

Y si nos centramos en la historia más reciente, podemos viajar en el tiempo hasta la catástrofe de Biescas, en agosto de 1996, cuando una riada arrasó el camping Las Nieves y provocó 87 fallecidos, los agentes de la Guardia Civil, como siempre los primeros en llegar, participaron en las labores de búsqueda, rescate y recuperación de víctimas en unas condiciones extraordinariamente difíciles.

En el accidente ferroviario de Angrois, en julio de 2013, vimos a guardias civiles interviniendo en el auxilio a los pasajeros, la protección del escenario y las actuaciones de investigación. La tragedia dejó 80 fallecidos y centenares de personas afectadas.

En la DANA de octubre de 2024, que devastó numerosos municipios de la Comunidad Valenciana y otras zonas, la Guardia Civil desplegó miles de efectivos y medios especializados. Sus agentes participaron en rescates de personas atrapadas, búsquedas de desaparecidos, recuperación de víctimas, vigilancia de zonas inundadas y asistencia a la población. Los helicópteros, unidades de Seguridad Ciudadana, de Tráfico, especialistas y equipos de investigación trabajaron durante jornadas interminables en un escenario de destrucción.

Y en enero de 2026, el accidente ferroviario de Adamuz, con 46 fallecidos, volvió a colocar a la Guardia Civil ante una de las intervenciones más duras que puede afrontar un servicio de emergencia.

El coronel jefe de la Comandancia de Córdoba, Ramón María Clemente, recordó aquel siniestro durante la celebración de la festividad de la Virgen del Pilar. Se emocionó al leer su discurso y tuvo que detenerse durante unos segundos.

Recordó a la primera patrulla que llegó al lugar, localizó el accidente y facilitó la llegada del resto de los efectivos. Los agentes auxiliaron a los heridos, establecieron los perímetros, organizaron los accesos y comenzaron las actuaciones de investigación.

Cuando concluyó la evacuación de los supervivientes, empezó la recuperación de los fallecidos. A las cinco de la madrugada ya se habían completado 31 levantamientos de cadáveres. El trabajo continuó durante casi cinco días, hasta localizar a la última persona desaparecida.

El coronel reconoció que lo que sus hombres vieron y escucharon aquella noche permanecería para siempre en su memoria.

La subdelegada del Gobierno en Córdoba, Ana López, lo expresó con una frase que hoy vuelve a cobrar todo su significado: la Guardia Civil estuvo allí, una vez más, «llegando la primera y marchándose la última».

No es una frase hecha. Es el relato de lo que ocurre cuando la emergencia termina para unos, pero todavía quedan víctimas que localizar, familias que atender, pruebas que proteger y responsabilidades que esclarecer.

Una institución que no se marcha cuando se apagan las cámaras

La historia de la Guardia Civil en las grandes catástrofes también es la historia de sus especialidades.

Policía Judicial y Criminalística trabajan para identificar víctimas, reconstruir hechos y aportar pruebas a la autoridad judicial. La Agrupación de Tráfico regula accesos y garantiza la seguridad de las vías. El Servicio Aéreo y las unidades de drones permiten observar terrenos inaccesibles y localizar personas. Los equipos cinológicos rastrean espacios donde la búsqueda humana sería mucho más complicada. Los especialistas de montaña intervienen en escenarios donde cada desplazamiento puede entrañar un riesgo. Seguridad Ciudadana llega desde los primeros momentos, auxilia, evacua y permanece.

En Urda, como en tantas otras tragedias, todas esas capacidades han trabajado de manera coordinada.

Detrás de cada identificación hay una familia que necesita saber. Detrás de cada resto recuperado puede haber una historia que alguien espera poder cerrar. Detrás de cada diligencia hay profesionales que deben trabajar con rigor, incluso cuando el cansancio y la carga emocional son enormes. Ese es también el servicio público.

"La Cartilla" sigue vigente y sigue teniendo sentido

En 1845, el duque de Ahumada dejó escrito en la Cartilla del Guardia Civil un principio que sigue definiendo la esencia del Cuerpo: el guardia civil debe ser «siempre fiel a su deber, sereno en el peligro y desempeñando sus funciones con dignidad, prudencia y firmeza». Y también que “será siempre pronóstico feliz para el afligido”

Han pasado cerca de 183 años. Han cambiado los medios, las comunicaciones, la tecnología y las formas de intervenir. Pero la razón de ser de la Institución permanece.

Sereno en el peligro no significa no sentir miedo. Fiel al deber no significa carecer de emociones. Desempeñar el servicio con firmeza no significa no quebrarse cuando una tragedia golpea demasiado cerca.

Significa continuar cuando alguien necesita ayuda. Entrar donde otros no pueden o no se atreven. Permanecer cuando el trabajo se vuelve más duro y menos visible. Hacer que quien necesita ayuda sienta esperanza. Y regresar a casa sabiendo que algunas imágenes tardarán mucho tiempo en desaparecer.

Por eso, cuando un guardia civil rompe a llorar ante una cámara al recordar a una persona a la que intentó salvar, no está dejando de ser profesional. Está demostrando que, después de horas de trabajo entre la muerte y la destrucción, sigue siendo capaz de sentir el valor de una vida.

Que el agradecimiento no dure solamente mientras dura la tragedia

Urda merece memoria, respeto y respuestas. Las víctimas y sus familias merecen toda la consideración. Y quienes participaron en la respuesta a esta catástrofe merecen algo más que un aplauso pasajero.

Merecen que se reconozca su trabajo, que se atiendan sus necesidades y que nadie dé por supuesto que pueden regresar a casa después de una jornada como aquella y dejar todo lo vivido en la puerta.

La sociedad tiene una deuda de gratitud con quienes estuvieron allí. Pero esa gratitud debe demostrarse también cuando ya no hay cámaras, cuando desaparecen los titulares y cuando la tragedia deja de ocupar las primeras páginas.

Porque los guardias civiles también necesitan apoyo. También necesitan ser escuchados. También pueden sufrir las consecuencias de lo que han visto y vivido. Y también tienen derecho a recibir la atención que necesitan.

A quienes estuvieron en Urda, a quienes siguen trabajando en la zona y a todos los profesionales que hicieron posible la respuesta ante esta tragedia, nuestro reconocimiento.

Y a quienes perdieron a sus seres queridos, nuestro respeto y nuestro recuerdo.

La Guardia Civil volverá a estar allí cuando otra emergencia reclame su presencia. Lo hará porque forma parte de su razón de ser y porque su compromiso con los ciudadanos no depende de los focos ni de los reconocimientos.

«Hay que cuidar de los nuestros»

La frase del familiar del accidente de Urda debería permanecer en nuestra memoria mucho después de que desaparezcan las cámaras, se retiren los últimos vehículos y se levanten los perímetros de seguridad. «Hay que cuidar de los nuestros».

Cuidar de los guardias civiles significa reconocer su trabajo, dotarlos de los medios necesarios, proteger su salud física y psicológica, acompañarlos después de las intervenciones traumáticas y no olvidarlos cuando la tragedia deja de ocupar los titulares.

Significa comprender que detrás de cada uniforme hay una familia que espera, unos hijos, unos padres, una pareja y una persona que, después de haber ayudado a otros, también necesita volver a sentirse segura.

Significa no dar por descontada su presencia ni considerar que su entrega es una obligación que no merece reconocimiento. Porque el deber no elimina el sacrificio, y la vocación no convierte a nadie en invulnerable.

En Urda, unos cuarenta guardias civiles siguen trabajando mientras escribimos estas líneas. Buscan, inspeccionan, protegen y preservan. Lo hacen cuando la mayoría de los ciudadanos ya ha regresado a sus ocupaciones y cuando el ruido de la emergencia ha dejado paso al silencio de una zona devastada.

Quizá dentro de unos días se marchen definitivamente. Pero se llevarán consigo recuerdos que no aparecerán en ningún parte de servicio. Voces, rostros, manos que sujetaron, personas a las que no pudieron salvar y otras a las que consiguieron devolver a sus familias.

A ellos, y a todos los guardias civiles que han estado y estarán en las grandes catástrofes de nuestro país, hay que decirles algo más que gracias.

Hay que cuidar de ellos. Porque cuando llega la tragedia, cuando el miedo paraliza y cuando alguien grita pidiendo ayuda, la sociedad necesita saber que no está sola.

Y sí, hay que reiterarlo una y otra vez, la Guardia Civil es nuestra sobre todo porque el pueblo la reconoce como suya, pero también porque nunca nos falla.

No deberíamos esperar a la próxima tragedia para recordar que detrás de cada uniforme hay una persona. Personas que sirven a otras personas, incluso cuando el precio de hacerlo es llevarse a casa una parte del dolor que han intentado aliviar.