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Ultima cabecera de "El Mentor del Guardia Civil" y servicio del puesto de Algeciras (24-07-1858).

La Guardia Civil y los guarda-costas mantuvieron una intensa vigilancia contra el contrabando procedente de Gibraltar mediante continuas operaciones de persecución y decomiso

En el número 138 del periódico El Mentor del Guardia Civil, del 16 de junio de 1858, se publicó un extenso artículo de casi tres páginas. Estaba referido a los sucesos acaecidos en las localidades sevillanas de Utrera y El Arahal, iniciados el año anterior con el ataque a la casa-cuartel de la Benemérita en la primera de las localidades citadas, y que posteriormente se extendió a otros lugares.

El oficial de la Guardia Civil que se encontraba entonces recién destinado en Utrera era bien conocido en el Campo de Gibraltar, pues había estado destinado en el mismo desde principios de 1845 hasta principios de 1857, primero en el empleo de alférez y después en el de teniente. Se trataba del recién ascendido 2º capitán de Caballería de la Benemérita Juan Morillas Casas.

Su anterior destino, con cabecera en la localidad gaditana de San Roque y demarcación el Campo de Gibraltar de entonces, había sido simultáneamente concedido en la real orden de 12 de enero de 1857, publicada en la Gaceta de Madrid número 1.484, de día 26 de ese mismo mes, al alférez de Caballería Félix Ruiz del Portal Sáenz, que procedía del 11º Tercio (Burgos). A su vez, en dicha real orden, Morillas fue destinado a “la media compañía escuadrón” del mentado 11º Tercio, que estaba vacante por fallecimiento del 2º capitán Miguel Góngora.

Sin embargo, muy pocas semanas después, concretamente en la Gaceta de Madrid número 1.507, de 18 de febrero siguiente, y “sin haberse presentado” todavía en su nuevo destino, Morillas sería destinado, por real orden de 4 de dicho mes, al Primer Escuadrón de Caballería del 3º Tercio (Sevilla), con residencia en Utrera. Simultáneamente, y en la misma real orden, el anterior titular de esta unidad, el 2º capitán Antonio Chinchón Fernández, sería destinado a aquella “media compañía escuadrón” del mentado 11º Tercio.

Mientras tanto, en el Campo de Gibraltar se continuaba una constante lucha contra el contrabando procedente de la colonia británica del Peñón. De hecho, en dicha Gaceta de Madrid, se publicaba por el Ministerio de Marina, respecto a los servicios prestados por los guarda-costas, que, “la escampavía "Atrevida", del apostadero de Algeciras, en la noche del 5 del actual apresó un bote, conteniendo cinco bultos de tabaco”. Hay que significar que no era una aprehensión excepcional, sino habitual, tal y como se puede constatar en la lectura de anteriores y posteriores publicaciones en ese mismo medio que, aunque no se denominaba todavía como Boletín Oficial del Estado, funcionaba realmente como tal.

Prosiguiendo con el número 138 de dicho periódico, este iniciaba el referido artículo: “Nuestros lectores recordarán que en medio de la apacible tranquilidad que se gozaba en toda España un año ha, y cuando más asegurada parecía estar la paz en toda la Península, una horda de descontentos, arrastrados sin duda por los trastornadores de oficio, se lanzaron al campo en las Andalucías, con una odiosa enseña repugnada de todos los hombres sensatos: aquellos dieron el grito de rebelión, señalando sus primeros actos con hechos vandálicos, indignos de corazones hidalgos de esta tierra clásica de caballerismo. La propiedad fue el primer blanco de sus criminales instintos; el robo, el saqueo y el fuego, las huellas que marcaban su paso por las poblaciones que encontraron en su precipitada marcha y fugaz existencia.”

El extenso artículo continuaba: “La Guardia civil entonces, como siempre, supo llenar su deber, porque los individuos de este Cuerpo, considerados continuamente de servicio, saben, y así lo cumplen, que cuál centinelas de un puesto militar, su Reglamento les exige una constante vigilancia para no ser sorprendidos por ningún suceso, sea de la clase y condición que fuere; y en efecto, la Guardia civil día y noche, consagrada a velar por la paz y tranquilidad de la Nación, mal podría responder a su Reina de la conservación de objetos tan preciosos, si sus individuos, fieles observadores del Reglamento del Cuerpo, no estuviesen siempre atentos al más puntual y exacto cumplimiento de sus sabios preceptos”.

Dicho artículo, que realmente tenía una finalidad más formativa que informativa, finalizaba “recomendando a nuestros lectores la observancia de lo que dejamos expuesto en las precedentes líneas, cuya lectura consideramos de reconocida utilidad para los nuevos guardias que están ingresando y completando su instrucción: no las olviden los comandantes de los puestos, como únicos responsables de cuanto suceda en los de su mando”.

Tal y como se exponía, casi al final: “La Guardia civil, pues, no puede, sin exponerse a ser sorprendida, seguir en esto la costumbre, casi general en la estación presente en los pueblos, de salirse a tomar el fresco a la calle”. En resumen, nunca confiarse, “que puede traer funestas consecuencias”.

No eran tiempos fáciles, y realmente nunca lo fueron para la Benemérita. El II Duque de Ahumada, como inspector general de la Benemérita, en la Circular número 14, de 14 de enero de 1857, dirigida a los jefes de Tercio, decía: “No siendo conveniente que los guardias civiles marchen desarmados por los caminos, he dispuesto que quede derogada y sin ningún valor, la circular de 13 de Enero de 1856, que previno a los individuos que marchasen aislados de un tercio a otro lo verificasen sin armas, pues que la seguridad personal es primero que todo; y así en lo sucesivo, por ningún pretexto y bajo la debida responsabilidad, marchará ningún individuo de un tercio a otro desarmado, pues ha de llevar precisamente cada uno el armamento correspondiente, dándose por los Jefes respectivos entre sí el conocimiento de alta y baja necesario”.

Finalmente, en el último número de El Mentor del Guardia Civil, el 143, de 24 de julio de 1858, en su sección de noticias de los servicios prestados en las diferentes Comandancias, publicaba el desarrollado por fuerzas del puesto de Algeciras.

Concretamente, se relataba como los guardias civiles Lucas Fernández y José Domínguez habían cooperado a la extinción del incendio acaecido el 24 de junio, en un pinar propiedad de Antonio Ortega, vecino de Algeciras. Posteriormente, “acompañados del sargento comandante del puesto, Pedro Martínez Díaz”, ambos guardias, “se dedicaron al descubrimiento y captura de los incendiarios”, poniéndolos a disposición de la autoridad judicial. De dicho “buen servicio” quedó enterado el II Duque de Ahumada, “con aprecio”.

Jesús N. Núñez Calvo
Coronel de la Guardia Civil (R) y doctor en Historia