
La prevención del delito no es una estrategia coyuntural ni una moda doctrinal. Es un principio fundacional de la Guardia Civil que se inculca desde el primer día de formación y que ha acompañado al Cuerpo desde su creación hace más de 182 años.
Existe una idea que resume mejor que ninguna otra la esencia de la Guardia Civil: el mejor delito es el que nunca llega a cometerse.
Esta afirmación, que durante décadas ha formado parte de la cultura profesional del Cuerpo, explica por qué la proactividad constituye uno de los pilares fundamentales del servicio. Un guardia civil no es un mero espectador que espera la comisión de un delito para intervenir; es un profesional formado para anticiparse, detectar riesgos, prevenir amenazas, proteger a los ciudadanos antes de que el daño se produzca y actuar con iniciativa cuando las circunstancias lo exigen dentro del más estricto respeto a la legalidad.
Esta filosofía no surge de manera improvisada. Se aprende desde el primer día en las academias de formación y acompaña al guardia civil durante toda su carrera profesional.
Quienes hemos pasado por las academias de la Guardia Civil recordamos cómo nuestros profesores e instructores insistían una y otra vez en una misma idea: el servicio comienza mucho antes de que se produzca una solicitando ayuda y para eso es necesario ser proactivo. La observación constante del entorno, la iniciativa durante el servicio, la identificación de situaciones anómalas, la cercanía con los ciudadanos, el conocimiento del territorio, de la demarcación que tenemos asignada, la obtención de información útil, la capacidad de anticiparse. Todo ello forma parte de la formación integral del guardia civil.
No se enseña únicamente a reaccionar. Se enseña, sobre todo, a evitar que sea necesario reaccionar.
Ese aprendizaje ha permitido que generaciones de profesionales desarrollen una mentalidad preventiva que sigue siendo una de las grandes fortalezas del Cuerpo
En una sociedad marcada por amenazas cada vez más complejas —crimen organizado, narcotráfico internacional, terrorismo, ciberdelincuencia, corrupción, trata de seres humanos o emergencias naturales—, limitar la actuación policial a una respuesta puramente reactiva supondría renunciar a la misión constitucional que tiene encomendada la Guardia Civil.
No basta con detener delincuentes. El verdadero éxito consiste en impedir que el delito llegue a producirse.
El artículo 104 de la Constitución Española establece que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad tienen como misión proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana.
La propia legislación reguladora de la Guardia Civil desarrolla esta misión mediante funciones tan claras como:
- Prevenir la comisión de delitos;
- Velar por el cumplimiento de las leyes;
- Obtener, recibir y analizar información relevante para la seguridad;
- Mantener y restablecer el orden público;
- Auxiliar y proteger a las personas y sus propiedades.
Es significativo que la prevención aparezca antes que la investigación. No es una casualidad jurídica. La razón es evidente: cuando un delito ya se ha consumado, siempre existe una víctima, un perjuicio económico, un daño físico o psicológico o una alteración del orden público que ya no puede deshacerse completamente.
Por ello, el mejor servicio policial es, muchas veces, aquel del que nunca llega a hablarse porque consiguió evitar que el delito ocurriera.
En el guardia civil la proactividad no es una opción, es un deber ético. Algunas personas identifican erróneamente la iniciativa (la proactividad) con actuar al margen de las órdenes o de la Ley. Nada más lejos de la realidad, la verdadera proactividad consiste en aplicar la experiencia, el conocimiento y la capacidad de análisis para anticipar riesgos dentro del marco legal.
El propio Código de Conducta del personal de la Guardia Civil, aprobado por el Real Decreto 176/2022, convierte esta actitud en uno de los pilares de la profesión. El texto recoge valores como el honor, el valor, la responsabilidad, la disponibilidad permanente y la vocación de servicio, subrayando que el guardia civil debe actuar con “iniciativa” y asumir personalmente la responsabilidad de sus decisiones.
No se trata únicamente de obedecer. Se trata de comprender la misión y ejecutarla con inteligencia.
El Decálogo institucional, incorporado como anexo al Código de Conducta, resume esa filosofía en uno de sus principios más conocidos y en una sola frase: "Serviré con total dedicación y actuaré con valor, decisión, iniciativa y espíritu de sacrificio."
La palabra iniciativa no aparece en el Decálogo por casualidad. Representa la obligación moral de no permanecer pasivo cuando la situación exige actuar. Del mismo modo, que el "espíritu benemérito" recuerda el compromiso permanente de ayudar a quien lo necesite, especialmente a las personas más vulnerables.
Detrás de esa frase se esconde una idea muy clara: actuar con criterio propio, con responsabilidad y con iniciativa, sin esperar a que los acontecimientos desborden la capacidad de respuesta. Resulta difícil imaginar el cumplimiento de ese mandato esperando simplemente a que alguien llame al teléfono de emergencias.
La Cartilla del Guardia Civil ya lo enseñaba hace 182 años, aunque hoy hablamos de proactividad como un concepto moderno, la realidad es que la Guardia Civil lleva aplicándolo desde su fundación. La "Cartilla", verdadero código deontológico durante años, nunca promovió una actitud pasiva del guardia civil. Todo lo contrario, promovía un guardia civil comprometido con la sociedad, cercano al ciudadano y permanentemente atento a cuanto pudiera afectar al orden público o a la seguridad de las personas.
La proactividad forma parte del ADN de la Guardia Civil y de los guardias civiles desde su Fundación.
En 1845, apenas un año después de la fundación del Cuerpo, el II Duque de Ahumada publicó la histórica Cartilla del Guardia Civil, considerada desde entonces y hasta nuestros días el auténtico código moral de la Institución.
Sus artículos siguen impresionando por su actualidad y su vigencia. El primero establece la divisa que ha acompañado a generaciones de guardias civiles:
"El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás."
Igualmente, la Cartilla exige que el guardia civil sea: "Siempre fiel a su deber, sereno en el peligro...", y añade que debe ser: "Prudente sin debilidad, firme sin violencia y político sin bajeza." No son simples frases históricas.
Detrás de esas frases se esconde una idea muy clara: actuar con criterio propio, con responsabilidad y con iniciativa, sin esperar a que los acontecimientos desborden la capacidad de respuesta.
Constituyen un auténtico programa de conducta basado en la iniciativa, la prudencia y la responsabilidad individual, principios que el vigente Código de Conducta reconoce expresamente como antecedente directo de la ética profesional de la Guardia Civil.
Si la Guardia Civil renunciara a la proactividad, ¿cómo sería realmente el servicio?
Las patrullas recorrerían las carreteras esperando accidentes en lugar de prevenirlos mediante controles.
Las unidades de Seguridad Ciudadana únicamente acudirían cuando el robo ya se hubiera consumado.
Las víctimas de violencia de género recibirían protección únicamente después de sufrir nuevas agresiones.
Los ciberdelincuentes actuarían durante meses hasta que aparecieran cientos de denuncias.
Los narcotraficantes moverían toneladas de droga antes de que se iniciase cualquier investigación policial.
Los investigadores de cualquier delito y en cualquier especialidad esperarían a que aparecieran pruebas de forma espontánea, en lugar de aplicar las técnicas de investigación y la inteligencia policial para evitar el delito y detener al delincuente.
En definitiva, la Guardia Civil se convertiría en una organización dedicada exclusivamente a gestionar consecuencias. Y esa nunca ha sido su misión.
Pocas unidades representan mejor esta filosofía que la Unidad Central Operativa (UCO). Las investigaciones sobre corrupción, crimen organizado, narcotráfico, blanqueo de capitales o delincuencia económica requieren meses —e incluso años— de trabajo previo.
Requieren, actuando siempre bajo el paraguas judicial y con escrupuloso respeto a las leyes, y dependiendo del tipo de investigación, el cruce de información, análisis financieros, cooperación internacional, seguimientos, análisis de inteligencia..., Todo ello persigue un objetivo muy concreto: adelantarse al delincuente.
Las grandes operaciones desarrolladas durante los últimos años contra organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico o al contrabando ilegal de tabaco son el resultado de esa labor silenciosa y constante, que rara vez ocupa titulares durante su preparación, pero cuyos resultados tienen un enorme impacto en la seguridad colectiva. No existe éxito operativo sin inteligencia previa. Y no existe inteligencia eficaz sin proactividad.
Sin embargo, reducir la proactividad a las grandes investigaciones sería un error. Cada patrulla la ejerce diariamente.
Cuando un guardia civil identifica comportamientos anómalos durante un servicio preventivo, detecta una situación de riesgo antes de que evolucione, cuando auxilia a una persona vulnerable sin esperar requerimiento alguno, cuando evita una pelea mediante la mediación, cuando observa un vehículo sospechoso y decide identificar a sus ocupantes, cuando un componente del SEPRONA descubre una actividad contaminante antes de que el daño ambiental sea irreversible, cuando un agente de la Agrupación de Tráfico establece un dispositivo preventivo que evita accidentes, cuando un especialista en Información detecta procesos de radicalización antes de que desemboquen en violencia terrorista, o cuando un investigador de Policía Judicial investiga delitos de corrupción para evitar que esta se produzca o que siga produciéndose el delito.
Todas esas actuaciones tienen un denominador común: evitar que el problema, el delito y el delincuente lleguen demasiado lejos.
Estudios sobre percepción de seguridad muestran que la confianza ciudadana aumenta cuando la presencia policial resulta cercana, visible y preventiva. No basta con resolver delitos. Los ciudadanos necesitan sentir que existe una institución vigilante, disponible, cercana y capaz de anticiparse a los riesgos.
La prevención genera tranquilidad. La reacción genera alivio. La diferencia entre ser proactivo y ser simplemente reactivo es enorme.
Naturalmente, la proactividad, entendida como iniciativa y anticipación, nunca significa actuar fuera de la ley. Toda actuación policial debe desarrollarse bajo los principios de legalidad, proporcionalidad, objetividad y respeto absoluto a los derechos fundamentales. La iniciativa únicamente tiene sentido cuando se ejerce dentro del Estado de Derecho.
Precisamente por ello, el Código de Conducta de la Guardia Civil insiste en que la responsabilidad individual y el respeto a los derechos de las personas constituyen elementos inseparables de cualquier actuación profesional.
Desde 1844 hasta nuestros días, la Guardia Civil ha evolucionado extraordinariamente. Han cambiado los medios técnicos, las amenazas, los escenarios, pero hay algo que permanece inalterable, el espíritu con el que un guardia civil sale de servicio. Ese espíritu no consiste en esperar acontecimientos, si no en impedir que ocurran.
La proactividad no es únicamente una cualidad profesional, en la Guardia Civil es una actitud vital, es responsabilidad, es liderazgo en los mandos, es vocación de servicio y es Honor.
Quizá por ello sigue siendo, más de 182 años después de la fundación del Cuerpo, una de las mejores formas de comprender qué significa realmente ser guardia civil.
Porque la auténtica Benemérita nunca ha esperado a que aparezcan los problemas. Siempre ha procurado adelantarse a ellos.
Antonio Mancera Cárdenas
Guardia Civil retirado por accidente en acto de servicio









































































