
La memoria traicionada y una justicia que no consuela. Mantenía el filósofo Edmund Burke que, “para que el mal triunfe, solo se necesita que los buenos no hagan nada”.
Sufrimos en España una realidad que desgarra la conciencia de una sociedad que durante más de cinco décadas estuvo marcada por el terror de ETA y hoy parece anestesiada. El dato de que solo el 34% de los presos de la banda asesina ETA, cumplen condena en prisión bajo un régimen ordinario, mientras que el 66% restante disfruta de privilegios penitenciarios, que les permiten cumplir sus condenas en casa o en semi-libertad, no son solo cifras, es una afrenta a las más de 850 víctimas de la banda terrorista y una humillación a sus familias.
Mientras las familias de las víctimas claman por tener justicia y consuelo, la sociedad y el sistema miran hacia otro lado, permitiendo que el dolor de los inocentes se desvanezca en un intento de blanquear a los verdugos.
La justicia debería ser, según palabras de Martin Luther King, “un río poderoso que fluya hacia la rectitud”, sin embargo, cuando los responsables de los tiros en la nuca, las bombas lapa, los asesinatos de inocentes y de décadas de terror no solo reciben tratos indulgentes, sino que ven sus postulados ideológicos, conseguidos a sangre y fuego, representados en el Congreso de los Diputados, las víctimas y el conjunto de la sociedad nos enfrentamos a una doble traición, la de minimizar el sufrimiento de las víctimas y legitimar un proyecto político construido sobre el terror, el miedo, la sangre y la muerte.
Advertía el escritor Elie Wiesel, superviviente del Holocausto, que “la injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes”. Permitir que los herederos del terror ocupen espacios de poder sin un verdadero arrepentimiento es una amenaza a los cimientos de nuestra democracia.
Las familias de las víctimas no encuentran consuelo. Su lucha por mantener viva la memoria de sus seres queridos choca con un sistema que parece priorizar la reinserción de los victimarios sobre la reparación de quienes aún cargan con el peso de la pérdida.
“No hay mayor agonía que llevar una historia no contada dentro de ti”, mantenía Malala Yousafzai, y las víctimas de ETA tienen una historia que merece ser escuchada, honrada y respetada, no silenciada ni enterrada bajo beneficios penitenciarios o discursos que reescriben el terrorismo como una lucha legítima.
La presencia de los herederos políticos de ETA en nuestras instituciones, defendiendo sin pudor las ideas que justificaron la violencia, es un golpe bajo a la memoria colectiva y a la propia democracia. Al parecer tenía razón Antonio Machado, cuando dijo que, “en España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. No podemos permitir que la embestida del olvido y el blanqueamiento de los asesinos, de sus actos y de sus asesinatos, prevalezca sobre la memoria y la justicia. La memoria y el dolor de las víctimas nuca debe ser negociable.
Es hora de exigir una justicia que no olvide, que sea, como decía el jurista romano Ulpiano, “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Las víctimas merecen verdad, reparación y memoria. No más olvido, no más blanqueamiento.
La justicia no puede ser un consuelo vacío; debe ser un pilar que sostenga la dignidad de quienes sufrieron y la esperanza de un futuro sin terror. Tenemos la responsabilidad de no permitir que el sacrificio de cientos de inocentes sea reducido a una nota al pie en la historia, o ni siquiera eso, de que la memoria de las víctimas prevalezca, y de que la justicia, en su verdadera esencia, sea su voz.
Antonio Mancera Cárdenas
Director Tribuna Benemérita










































































