
Este mes de marzo marca un hito en nuestras vidas: cincuenta años desde que los integrantes de la LXVII Promoción de la Academia de Guardias de la Guardia Civil de Úbeda llegamos a nuestros primeros destinos. Medio siglo ha pasado desde aquel día en que, con el corazón henchido de ilusión y respeto, nos incorporábamos a nuestras unidades.
En mi caso, ese lugar fue el Puesto de Redondela (Pontevedra). Para conmemorar esta efeméride, hace unos días nos reunimos en una comida de confraternidad casi todos aquellos que, en septiembre de 1974, partimos de la provincia de Pontevedra rumbo a la Academia de Ûbeda.
El reencuentro fue un torbellino de emociones. Algunos no nos habíamos vuelto a ver en décadas, pero bastó un instante para que el tiempo se desdibujara y nos viéramos, de nuevo, como aquellos jóvenes que dieron su primer paso hacia una vida de entrega y servicio. Nuestros caminos fueron distintos, pero el espíritu que nos unió en aquella Academia sigue vivo en cada uno de nosotros.
Recordamos con nostalgia los sacrificios, los momentos de incertidumbre, las pruebas superadas, pero también la camaradería, el aprendizaje y la pasión por un uniforme que se llevó y se lleva con honor.
Días después de aquel reencuentro, llegó a mis manos un video de las vetustas instalaciones de la Academia. Al verlo, un torrente de recuerdos me desbordó. Cada rincón de aquel lugar, cada piedra, cada sombra, guardaba una historia.
En aquel patio de armas aprendimos el significado de la disciplina, la responsabilidad y el honor. Nos forjamos como guardianes del orden y la justicia, pero también como compañeros.
En mi mente reviví el estruendo marcial de las no pocas horas de instrucción de orden cerrado que tuvimos en el patio de armas, el orgullo que sentí al realizar mi primer saludo militar cuando surgió la ocasión de cruzarme con un superior y las tardes de enseñanza, donde cada palabra de nuestros instructores iluminaba el sendero que recorreríamos. Y, ¡cómo olvidar el brillo del uniforme y de la botonadura cuando el sol besaba aquel patio testigo de nuestros pasos!
Los nombres de aquellos oficiales, suboficiales y cabos resuenan aún en mi memoria. A los que integrábamos la primera Compañía nos llamaban cariñosamente los “niños del Avecrem” porque casi todos éramos hijos del cuerpo, que no habíamos hecho el servicio militar, y se nos suponía menos curtidos que el resto, pero nos sobraba pasión y entrega.
Para muchos de nosotros, fue la primera vez que dejamos nuestro hogar. Solo la vocación y el deseo de servir nos permitieron sobrellevar la dureza de aquellos seis meses de formación. Pero hubo momentos de soledad y morriña. Recuerdo con especial tristeza aquel puente de la Patrona en el que no pude regresar a Galicia. Eran solo tres días, la distancia era insalvable y, además, me tocó permanecer de guardia mientras veía partir a mis compañeros. Aquel día, las lágrimas fueron mis f ieles compañeras.
Hoy, medio siglo después, miro atrás con gratitud. He sentido en mi propia piel la emoción de proteger al afligido, de ser un faro de calma en la tormenta, de enfrentar el peligro con determinación. Y sé, con la certeza de los años vividos, que en cada brillo del charol, en cada gesto de respeto y en cada acto de servicio, sigue latiendo el alma de aquel joven que, hace cincuenta años, decidió entregarse a la noble causa de la Guardia Civil.
En este aniversario tan especial, quiero felicitar de todo corazón a cada uno de mis compañeros de la LXVII Promoción. Nuestro camino ha estado marcado por el sacrificio, la entrega y el compromiso con nuestro deber, y hoy podemos sentirnos orgullosos de haber sido parte de esta gran familia.
Pero también es un momento para recordar con respeto y afecto a aquellos que, lamentablemente, se quedaron en el camino.
Su memoria sigue viva en nosotros, en cada historia compartida, en cada enseñanza recibida y en el honor con el que seguimos llevando este uniforme.
José Manuel Corral Peón
Comandante (R) de la Guardia Civil










































































