
El reciente ascenso al generalato del coronel Rafael Yuste, hasta ahora máximo responsable de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, ha desatado una inevitable tormenta de ruido mediático.
No es para menos; en tiempos donde la independencia de las instituciones parece estar bajo constante asedio, la promoción de quien dirige las investigaciones más sensibles del país invita a la suspicacia. Se especula, con o sin razón, sobre si este "premio" esconde en realidad una estrategia para descabezar una unidad incómoda. Sin embargo, es necesario salir al paso de este estruendo con un mensaje de serenidad y confianza en la institución.
Más allá de las lecturas políticas o de la ingenuidad de quienes crean que cambiando al pastor se dispersa el rebaño, hay una verdad inmutable en la Benemérita. Para ello, es preciso recordar una vieja reflexión castrense que reza que el buen mando es aquel que, cuando falta, no se nota su ausencia. Si el hoy general Yuste ha sido el líder ejemplar que su trayectoria acredita —número uno de su promoción y poseedor de un expediente intachable—, su mayor legado no serán solo las operaciones cerradas con éxito, sino haber dejado una maquinaria tan perfectamente engrasada que su marcha no altere ni un milímetro el ritmo de la justicia. Yuste lo fue, y por eso la UCO seguirá siendo la UCO.
Es vital enviar un mensaje de tranquilidad a la opinión pública. La eficacia de esta unidad de élite no es un atributo unipersonal del oficial que porta el bastón de mando, sino el resultado del esfuerzo de un grupo selecto de guardias civiles. Hombres y mujeres que integran la unidad y que han dado sobradas muestras de una lealtad inquebrantable, no a unas siglas políticas, sino a la ley y al Estado de Derecho. La UCO no se va a resentir porque su fuerza reside en la cualificación técnica y moral de sus integrantes, un motor que no se gripa por el cambio de conductor.
Respecto al relevo, sea quien sea la persona elegida para sustituir al general Yuste, y al margen de los criterios de selección o los méritos curriculares que adornen al candidato, la ciudadanía debe saber que su actuación estará presidida por una vitola indeleble.
Para entender el espíritu innegociable que debe guiar al nuevo mando y que garantiza la continuidad de la UCO, basta con remontarse a los orígenes de la Guardia Civil. Una de las primeras anécdotas, relatada por el propio Duque de Ahumada en sus memorias, demuestra que el Cuerpo no se creó para ser pisoteado por el poder. Ocurrió durante el primer servicio de vigilancia del Teatro Real de Madrid, donde se había dado la orden tajante de que ningún carruaje podría circular por determinadas calles para la inauguración con la reina Isabel II.
Un cabo de servicio detuvo a un carruaje que se acercaba a toda velocidad. En él viajaba el mismísimo General Narváez, Presidente del Gobierno, quien, haciendo valer su condición, quiso poner fin a la discusión y exigir el paso. La respuesta del cabo fue contundente: las órdenes eran claras y si insistía en pasar, "sería atropellando el honor del Cuerpo, al cual se le habían dado unas órdenes concretas."
Narváez, obligado a dar la vuelta, exigió el castigo severo del cabo al Duque de Ahumada. El fundador, tras informarse, se presentó al día siguiente en el despacho del Presidente con dos escritos: la orden de traslado del cabo (firmada por el jefe accidental) y su propia dimisión. Ahumada argumentó que no se había creado la Guardia Civil, "destinada a altos fines, para que su prestigio y su honor fuesen pisoteados a la primera ocasión que se presentase". Narváez no aceptó la dimisión, y por supuesto, el cabo no fue trasladado.
Esta anécdota encapsula el verdadero espíritu de disciplina y honor que protege a la UCO. Su prestigio no puede ser negociado por ningún cargo político, porque su f idelidad es a la Ley, no a las personas. Cualquier oficial que asuma tal responsabilidad lo hará bajo el peso de esa herencia y la guía de la Cartilla del Duque de Ahumada, cuyo artículo 1 dicta: «El honor es la principal divisa del Guardia Civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás».
Cambian los nombres, cambian los rangos, pero esa divisa y la vocación de servicio permanecen inalterables.
José Manuel Corral Peón
Comandante (R) de la Guardia Civil










































































