
Los incendios forestales que han castigado España durante este verano han vuelto a recordarnos una realidad que solo adquiere toda su dimensión cuando las llamas amenazan vidas humanas: la respuesta a una gran emergencia no depende únicamente de los medios de extinción.
Depende, sobre todo, de las personas y de las instituciones capaces de actuar con rapidez, coordinación y un profundo sentido del deber.
Entre ellas, la Guardia Civil ha desempeñado, una vez más, un papel que merece ser reconocido y analizado con la misma atención con la que se informa sobre la evolución de cada incendio.
La imagen más visible suele ser la de los hidroaviones descargando agua o la de los retenes forestales combatiendo el fuego en primera línea. Sin embargo, detrás de cada operativo existe un entramado mucho más complejo que rara vez ocupa titulares: evacuaciones de poblaciones enteras, rescates de personas atrapadas, regulación del tráfico, protección de infraestructuras críticas, aseguramiento de zonas evacuadas para evitar saqueos, búsqueda de desaparecidos, apoyo aéreo mediante helicópteros y drones, investigación de las causas del incendio, asistencia a alcaldes y autoridades locales y coordinación permanente con el resto de servicios de emergencia.
Buena parte de esas funciones recaen sobre la Guardia Civil.
Durante las últimas semanas hemos visto a guardias civiles entrando en pueblos cuando otros salían de ellos; recorriendo viviendas para comprobar que nadie había quedado atrás; acompañando a personas mayores que abandonaban sus hogares con apenas unos minutos para reaccionar; rescatando ciudadanos atrapados por el fuego; protegiendo explotaciones ganaderas; guiando convoyes de emergencia y trabajando durante jornadas interminables bajo condiciones extremas de calor, humo y riesgo.
No son actuaciones excepcionales dentro de la cultura profesional del Instituto. Forman parte de una manera de entender el servicio público que lleva más de ciento ochenta años asentada sobre un principio sencillo y extraordinariamente exigente: estar allí donde la sociedad más lo necesita.
Quizá por eso sorprende que, en demasiadas ocasiones, el reconocimiento público llegue únicamente cuando una tragedia alcanza dimensiones extraordinarias. La prevención, la planificación y el trabajo silencioso rara vez generan titulares. Sin embargo, son precisamente esas actuaciones discretas las que permiten evitar que muchas emergencias deriven en catástrofes de mayor magnitud.
La Guardia Civil lleva décadas formando a sus integrantes bajo una premisa que trasciende el ámbito estrictamente policial: la prevención constituye la herramienta más eficaz para proteger a los ciudadanos. Ese principio, aprendido en sus academias y aplicado diariamente sobre el terreno, se refleja también en la gestión de los grandes incendios. No se trata únicamente de intervenir cuando el desastre ya se ha producido, sino de anticiparse al riesgo, facilitar evacuaciones ordenadas, preservar la seguridad de la población y crear las condiciones necesarias para que el resto de los servicios de emergencia puedan desarrollar su trabajo con eficacia.
Los incendios de este verano han demostrado, además, que las grandes emergencias exigen una respuesta plenamente integrada. Bomberos forestales, servicios sanitarios, Protección Civil, Fuerzas Armadas, policías autonómicas y locales, voluntarios y administraciones públicas han trabajado con un objetivo común. En ese sistema, la Guardia Civil no sustituye a nadie ni compite con nadie; desempeña un papel específico e imprescindible dentro de un esfuerzo colectivo en el que cada institución aporta capacidades distintas y complementarias.
Ese es, precisamente, uno de los mensajes que conviene preservar cuando la emergencia desaparezca de las portadas. La eficacia de un país frente a las catástrofes no se mide únicamente por los medios materiales de los que dispone, sino por la fortaleza de sus instituciones y por la profesionalidad de quienes las integran.
Habrá tiempo para analizar las causas de cada incendio, revisar los dispositivos desplegados, exigir responsabilidades cuando proceda y extraer lecciones que permitan mejorar la respuesta futura. Ese ejercicio crítico resulta indispensable en una sociedad democrática.
Pero también lo es reconocer, con la misma honestidad, el trabajo de quienes han cumplido con su deber en circunstancias extraordinariamente difíciles.
El Espíritu Benemérito
Existe, además, una reflexión que ayuda a comprender por qué la actuación de la Guardia Civil en las grandes emergencias no constituye una excepción, sino una constante histórica.
Cuando el II Duque de Ahumada redactó en 1845 la Cartilla del Guardia Civil, apenas un año después de la fundación del Cuerpo, dejó escrito un mandato moral que, casi dos siglos después, continúa siendo una de las mejores definiciones del servicio público. El artículo 6.º establece: «Procurará ser un pronóstico feliz para el afligido, y que a su presentación el que se crea cercado de asesinos, se vea libre de ellos; el que tenía su casa presa de las llamas, considere el incendio apagado; el que veía a su hijo arrastrado por la corriente de las aguas, lo crea salvado; y, por último, siempre debe velar por la propiedad y seguridad de todos.»
Pocas veces un texto redactado hace más de ciento ochenta años y dos ha conservado tanta actualidad.
En esas líneas no se habla únicamente de combatir el delito. Se habla de proteger vidas, de auxiliar al ciudadano cuando más lo necesita, de acudir allí donde la tragedia golpea con mayor fuerza y de convertirse, para quien sufre, en un motivo de esperanza.
Ese precepto, que sigue formando parte del legado ético e histórico del Instituto, refleja el verdadero espíritu de la Guardia Civil y explica por qué, durante más de ciento ochenta y dos años de existencia, miles de guardias civiles han afrontado incendios forestales, inundaciones, temporales, terremotos, rescates de montaña, accidentes y toda clase de catástrofes con la misma disposición de servicio que inspiró a sus fundadores.
Los incendios de este verano han vuelto a demostrarlo. Mientras miles de ciudadanos abandonaban las zonas amenazadas por las llamas, los guardias civiles avanzaban en sentido contrario para evacuar viviendas, auxiliar a personas mayores, rescatar a quienes habían quedado aislados, proteger bienes y garantizar que nadie permaneciera atrás. En innumerables ocasiones han sido los primeros en llegar cuando la emergencia comenzaba y los últimos en abandonar el lugar cuando el peligro remitía.
Esa conducta no responde únicamente al cumplimiento de una obligación profesional. Responde a una forma de entender el servicio que ha atravesado generaciones de guardias civiles y que ha sobrevivido a monarquías, repúblicas, guerras, dictaduras y democracia sin perder su esencia.
En una época en la que con frecuencia se mide el valor de las instituciones por el impacto de un titular o por la viralidad de una imagen en las redes sociales, conviene recordar que el prestigio de organizaciones como la Guardia Civil no se ha construido sobre campañas de comunicación, sino sobre millones de actuaciones silenciosas, muchas de ellas anónimas, realizadas día tras día desde 1844.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que dejan los incendios de este verano. Más allá de la eficacia de los operativos o de la coordinación entre administraciones, han permitido comprobar que el espíritu que el Duque de Ahumada plasmó en la Cartilla de 1845 continúa plenamente vigente.
Porque cuando un ciudadano ve amenazada su vida, su hogar o su familia, sigue esperando que, con la llegada de la Guardia Civil, el peligro empiece a remitir.
Y esa expectativa, nacida hace más de ciento ochenta años, continúa siendo una de las mayores responsabilidades —y también uno de los mayores honores— de quienes visten hoy el uniforme del Instituto Armado.
Cuando el fuego se extinga y las cámaras abandonen las zonas devastadas, quedará el recuerdo de quienes estuvieron allí sin preguntar a quién ayudaban, cuál era su ideología, su condición social o su procedencia. Quedará el trabajo silencioso de miles de servidores públicos que hicieron suyo el mandato que el Duque de Ahumada dejó escrito hace casi dos siglos.
Porque, al final, las instituciones no se definen por los discursos que pronuncian, sino por los principios que mantienen cuando llegan las horas más difíciles.
Y pocas frases resumen mejor el espíritu de la Guardia Civil que aquella escrita en 1845: ser un pronóstico feliz para el afligido. Más de ciento ochenta años después, ese compromiso sigue vivo entre quienes, frente al fuego, el agua o cualquier otra catástrofe, continúan siendo los primeros en llegar y, con frecuencia, los últimos en marcharse.
Antonio Mancera Cárdenas
Director





































































