En las primeras horas de la madrugada del 18 de enero de 2026, el término municipal de Adamuz, en Córdoba, se convirtió en el epicentro de una de las peores tragedias ferroviarias de la historia reciente de España.
El descarrilamiento de un tren Iryo procedente de Málaga, que invadió la vía contigua y colisionó con un Alvia con destino a Huelva, dejó un saldo devastador: al menos 41 fallecidos, 39 personas hospitalizadas –13 de ellas en UCI–, y 43 denuncias por desapariciones.
Un "escenario de guerra", como lo describieron algunos de los guardias civiles, donde los vagones retorcidos y los raíles fracturados narran una secuencia de horror que duró apenas 20 segundos, pero cuyas consecuencias perdurarán en la memoria colectiva.
En medio de este caos, más de 220 guardias civiles de la Comandancia de Córdoba se desplegaron con una rapidez y eficacia que solo puede explicarse por su vocación de servicio. Fueron los primeros en llegar al lugar, proporcionando auxilios inmediatos a los heridos: estabilizando a las víctimas, coordinando evacuaciones y distribuyendo hasta la llegada de los equipos sanitarios y de emergencias, los primeros socorros en un entorno de total confusión y oscuridad.
Posteriormente, asumieron la dolorosa tarea de localizar y trasladar a los fallecidos, utilizando drones para inspecciones aéreas, expertos en ADN para identificaciones y unidades de criminalística para preservar evidencias. Todo ello mientras aseguraban el perímetro, impidiendo accesos no autorizados y facilitando el trabajo de forenses y equipos de emergencia. Su labor no se limitó a lo técnico; incluyó la creación de oficinas de identificación en distintas provincias para familiares angustiados, demostrando una sensibilidad humana que trasciende el uniforme.
Esta actuación ejemplar no es un hecho aislado, sino la continuación de una tradición humanitaria que define a la Guardia Civil desde su fundación. Creada por Real Decreto del 28 de marzo de 1844 –con entrada en vigor el 13 de mayo– bajo el impulso del Duque de Ahumada, la institución nació como un pilar de la seguridad pública y el auxilio ciudadano en una España convulsa.
Su Reglamento para el Servicio ya establecía, en el artículo 31, la obligación de "proteger a las personas en peligro y facilitar socorros" en casos de catástrofes, siniestros o accidentes. Esta directriz, plasmada en su conocida Cartilla del Guardia Civil, ha guiado a los agentes durante más de 181 años de servicio ininterrumpido en inundaciones, incendios, salvamentos de náufragos, epidemias y accidentes graves.
A lo largo de su historia, la Guardia Civil ha recibido numerosos reconocimientos por estos servicios abnegados, culminando en la concesión de la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia (con distintivo negro y blanco) el 4 de octubre de 1929, mediante Real Decreto número 2.088, durante el reinado de Alfonso XIII. Esta distinción, otorgada por el Consejo de Ministros, premiaba los "innumerables actos y servicios abnegados, humanitarios y heroicos" realizados por sus miembros en incendios, inundaciones y salvamentos de náufragos. Hasta entonces, ya se habían concedido 438 cruces individuales a guardias civiles por méritos similares, consolidando el apodo de "Benemérita" que tanto honra a los guardias civiles y por la que es mundialmente conocida la institución.
Recordemos, su papel en la DANA de Valencia en 2024, donde desplegaron cientos de efectivos para rescates en zonas inundadas, auxiliando y salvando vidas desde el minuto uno en medio del diluvio. O la tragedia de Torre del Bierzo (León) en 1944, la mayor catástrofe ferroviaria española, donde tres trenes colisionaron en un túnel, causando oficialmente 100 muertes –aunque estimaciones elevan la cifra a entre 200 y 500–. Allí, 11 guardias civiles perdieron la vida: algunos como escoltas del tren, otros como usuarios y varios en labores de rescate, sucumbiendo al agotamiento y al humo mientras auxiliaban a los atrapados.
Pero el legado humanitario de la Benemérita se extiende a lo largo de su historia ininterrumpida de servicio a otras grandes catástrofes que han marcado a su vez la historia de España.
En las inundaciones del País Vasco en agosto de 1983 –las peores en 500 años, con 34 muertes y miles de damnificados–, en plena ofensiva etarra, la Guardia Civil coordinó rescates en Bilbao y el Nervión, evacuando a cientos de personas y repartiendo suministros.Trágicamente, cuatro guardias perdieron la vida en Llodio al intentar salvar a una joven de las aguas desbordadas.
En las riadas históricas de Consuegra (Toledo, 1891) con al menos 359 fallecidos, Villacañas (Toledo, 1893) o Santomera (Murcia, 1906), los agentes desalojaron viviendas, rescataron supervivientes y recuperaron cuerpos en condiciones extremas, minimizando pérdidas y apoyando la reconstrucción.
En el ámbito de las epidemias, su rol fue igualmente heroico durante las pandemias de cólera del siglo XIX (1833-1834, 1854-1855, 1865 y 1885), que causaron cientos de miles de muertes. Ante el pánico y la negativa de civiles y sepultureros por miedo al contagio, los guardias civiles asumieron la retirada de cadáveres en regiones como Andalucía, Madrid y Valencia, comprando y entregando medicinas con fondos propios a los enfermos necesitados. Muchos sucumbieron al contagio, pero su intervención ayudó a evitar la propagación de la epidemia y colapsos sanitarios mayores.
No olvidemos tampoco su actuación en graves accidentes donde no solo investigan y protegen, también auxilian heridos y recuperan cuerpos; como la colisión de dos aviones en el aeropuerto de Los Rodeos en Tenerife (1977), el peor desastre aéreo mundial con 583 muertes, o el vuelo JK5022 de Spanair en Barajas (2008), con 154 fallecidos. O más recientemente, en el descarrilamiento de Angrois (Santiago de Compostela) en 2013, donde intervinieron en la extracción de cuerpos, el auxilio a heridos y el mantenimiento de la seguridad en una escena de devastación similar.
En Adamuz, como en estos episodios históricos, la Guardia Civil vuelve a reafirmar su rol como garante de la seguridad en catástrofes y grandes accidentes, pero además reafirma su capacidad para mantener el espíritu ahumadiano, auxiliando y socorriendo a los afectados, una capacidad que se suma a la de ser siempre los primeros en responder, algo que además de salvar vidas, restaura el orden y da esperanzas a los damnificados dentro del caos, ofreciendo seguridad y siendo siempre “pronostico feliz y consuelo para el afligido”, en los peores momentos, tal y como refleja el artículo 6º de su Cartilla.
Tampoco podemos olvidar la empatía de los guardias civiles con los que necesitan ayuda, como la respuesta rápida y mayoritaria de los profesores y alumnos de la Academia de Baeza al llamamiento por parte del Sistema de Salud andaluz, para donar sangre para los afectados por el accidente de Adamuz.
En un mundo donde las tragedias parecen multiplicarse, la Guardia Civil, nuestra siempre “Benemérita”, permanece como un faro de esperanza y de profesionalidad, para quienes sufren y donde en cada guardia civil laten las enseñanzas de Ahumada y su compromiso inquebrantable con España y sus ciudadanos.
Antonio Mancera Cárdenas
Director Tribuna Benemérita










































































