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En un tiempo de ruido, de fracturas y de intentos recurrentes por debilitar lo que nos hace fuertes como nación, es más necesario que nunca volver a lo esencial: la Constitución Española como la norma suprema, el marco irrenunciable de convivencia y el escudo de nuestros derechos y libertades

.No es un texto antiguo ni negociable; es el contrato vivo que los españoles suscribimos libremente el 6 de diciembre de 1978 con un rotundo 88 % de votos afirmativos y que, desde entonces, ha demostrado ser el mejor antídoto contra la discordia y el mejor garante de la prosperidad y la libertad compartida.

Fruto del mayor ejercicio de concordia nacional que recuerda nuestra historia reciente, la Carta Magna fue redactada por padres constituyentes de siete fuerzas políticas distintas —desde la UCD hasta el PCE, pasando por Alianza Popular, PSOE y las minorías catalana y vasca— y refrendada por el pueblo soberano. Ese origen plural y democrático la convierte en algo más que una ley: es la expresión madura de una nación que decidió no volver a enfrentarse consigo misma.

Sus principios son innegociables: libertad, justicia, igualdad y pluralismo político como valores superiores (artículo 1). España se define como Estado social y democrático de Derecho, forma política de monarquía parlamentaria y cuya soberanía nacional reside en el pueblo español (artículo 1.2 y 56). Reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las diferentes regiones que integran la unidad indisoluble de la Nación española (artículo 2). Determina que el castellano es la lengua oficial del Estado, sin perjuicio de la cooficialidad y protección de las demás lenguas españolas (artículo 3). En sus 169 artículos, distribuidos en un Preámbulo, Título Preliminar y diez Títulos, además de disposiciones adicionales, transitorias, derogatoria y final, se consagra un catálogo de derechos y libertades que nos sitúa entre las democracias más avanzadas del mundo.

Y en el centro de todo ello, como guardianes materiales de ese orden constitucional, están las Fuerzas Armadas y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

El artículo 8.1 es taxativo: «Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».

El artículo 104 añade que «las Fuerzas y Cuerpos de seguridad, bajo la dependencia del Gobierno, tendrán como misión proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana», misión que se ejerce, como recuerda el propio precepto, «con sujeción plena a la Constitución como norma fundamental del Estado».

Cada guardia civil, cada policía nacional, cada militar, lo ratifica con su juramento o promesa: «¿Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente vuestras obligaciones, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, obedecer y respetar al Rey y a vuestros jefes y, si preciso fuera, entregar vuestra vida en defensa de España?».

Ese juramento no es una fórmula ritual. Es compromiso con la Patria —entendida como el conjunto de generaciones pasadas, presentes y futuras que comparten un mismo destino— y lealtad absoluta a los valores constitucionales. Es un vínculo entre ciudadanos de uniforme y ciudadanos de paisano, porque la defensa de España y de la Constitución no es monopolio de quienes visten uniforme, sino deber y derecho de todos.

Pero sobre todo, es símbolo de unidad, al jurar bajo la Bandera de España —como símbolo máximo de la Nación, de su soberanía, independencia e integridad—, se renueva cada día el pacto de que España siga siendo un espacio de libertad, de respeto y de concordia.

Quien ataca la Constitución ataca la libertad de todos. Quien cuestiona cualquiera de sus artículos, cuestiona el propio sujeto de los derechos que dice defender. Quien pretende situarse por encima o al margen de la Ley de Leyes rompe el único consenso que ha permitido a varias generaciones de españoles vivir en paz, progresar y mirarse sin odio.

El 6 de diciembre no es solo el Día de la Constitución; es el día en que recordamos que España tiene remedio mientras tenga Constitución. Y mientras tenga mujeres y hombres dispuestos a defenderla con la palabra, con el voto y, si preciso fuera, entregando nuestra vida en defensa de España y de nuestra Constitución.

Guardemos y hagamos guardar la Constitución. Porque es símbolo de la mejor España que hemos sido capaces de darnos, y porque, mientras siga vigente, España seguirá siendo libre y de todos.

¡Feliz día de la Constitución!

Antonio Mancera Cárdenas
DIRECTOR TRIBUNA BENEMÉRITA