
Un guardia civil resultó herido al ser golpeado en un hombro y un vehículo oficial sufrió daños durante el ataque registrado en el camino Arroyo de las Bombas. La sucesión de incendios y actos vandálicos vuelve a poner sobre la mesa las condiciones de seguridad con las que trabajan los servicios de emergencia en Ceuta
Acudir a sofocar un incendio debería significar prestar auxilio. Sin embargo, durante la madrugada de este lunes, guardias civiles y bomberos que se desplazaron hasta el camino Arroyo de las Bombas, en la barriada del Príncipe, fueron recibidos a pedradas.
Hasta el lugar acudieron dos patrullas de la Guardia Civil junto a efectivos del Servicio de Extinción de Incendios, encontrándose con un entorno hostil mientras trataban de intervenir ante la emergencia.
El ataque tuvo consecuencias. Uno de los agentes resultó golpeado en el hombro, mientras que uno de los vehículos oficiales sufrió daños en el techo como consecuencia del lanzamiento de piedras.
No se trata únicamente de los desperfectos ocasionados a un vehículo oficial ni del golpe sufrido por un agente. Lo verdaderamente preocupante es que quienes acudían a prestar un servicio de emergencia tuvieron que hacerlo bajo una situación de riesgo provocada precisamente por aquellos que decidieron convertir una intervención de auxilio en un objetivo para la violencia.
Los hechos del camino Arroyo de las Bombas se produjeron en el marco de una madrugada especialmente complicada en Ceuta, en la que se sucedieron distintos episodios de vandalismo e incendios.
Durante las últimas horas se registraron incendios en tres vehículos, uno de ellos en el Polígono, otro en Hadú y un tercero en la zona de Cría Caballar. También se produjo la quema de varios contenedores y un incendio que afectó a una zona de monte.
Una sucesión de incidentes que obliga a mirar más allá de cada actuación individual. Porque detrás de cada incendio hay bomberos que tienen que desplazarse, agentes que deben garantizar la seguridad de la intervención y ciudadanos que pueden quedar expuestos a las consecuencias de estos actos.
Y cuando quienes acuden a apagar un incendio son recibidos con piedras, el problema adquiere una dimensión todavía mayor.
La violencia contra los servicios de emergencia no puede asumirse como una circunstancia más del trabajo. Un guardia civil no debería tener que aceptar que acudir a cumplir con su obligación implique exponerse a una agresión. Tampoco un bombero debería encontrarse en la situación de tener que trabajar mientras es atacado el dispositivo que permite desarrollar su intervención con seguridad.
Desde las organizaciones profesionales de la Guardia Civil se ha vuelto a reclamar un refuerzo de las plantillas y mayores medios materiales y operativos para afrontar este tipo de situaciones, advirtiendo de que episodios como el ocurrido durante esta madrugada no constituyen un hecho aislado.
La reivindicación apunta también a la necesidad de mejorar la prevención y la coordinación entre los distintos servicios de emergencia, especialmente en aquellos puntos donde existe un riesgo conocido de ataques contra los profesionales desplazados.
Porque la respuesta no puede limitarse a actuar después de cada agresión.
La seguridad de los ciudadanos y la de quienes trabajan para garantizarla forman parte de la misma ecuación. Si un dispositivo de emergencia carece de efectivos suficientes o debe afrontar intervenciones en entornos especialmente conflictivos sin los medios adecuados, su capacidad de respuesta queda condicionada.
Por ello, las organizaciones profesionales reclaman que las administraciones competentes adopten medidas concretas de prevención, refuercen las plantillas y proporcionen los recursos necesarios para afrontar con garantías las intervenciones.
La madrugada vivida en Ceuta vuelve a demostrar que los agentes y bomberos no solo tienen que enfrentarse al fuego o a las consecuencias de los actos vandálicos. En determinadas ocasiones, también tienen que protegerse de quienes pretenden impedir que puedan hacer su trabajo.
Y eso no puede convertirse en parte de la normalidad.
Acudir a un incendio para salvar bienes o evitar que las llamas alcancen a personas y encontrarse con una lluvia de piedras no es una condición laboral más. Es una agresión contra quienes están allí para prestar auxilio.
La seguridad de guardias civiles, bomberos y ciudadanos exige respuestas antes de que el próximo episodio deje consecuencias todavía más graves.









































































