
Las fiestas de Vitoria deberían ser un momento de celebración, unión y tradición para miles de personas que llenan las calles de la capital alavesa, sin embargo, este año, un evento ha empañado el espíritu festivo y ha destapado una herida que, para muchos, nunca ha dejado de sangrar, nunca se ha cerrado.
El pasado 7 de agosto de 2025, Iñaki Kerejazu, quien encarna al icónico Celedón desde 2024, subió al escenario de las txosnas junto a Fermín Muguruza para interpretar “Sarri, Sarri”, una canción que no solo ensalza las figuras de dos asesinos de ETA, Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea, sino que se ha convertido en un símbolo de provocación y desafío hacia las víctimas del terrorismo.
Este acto, lejos de ser un gesto inocente de “diversidad cultural”, representa una burla descarnada a las víctimas de ETA y una degradación alarmante de la vida pública en el País Vasco.
Para quienes desconocen el trasfondo, “Sarri, Sarri” es una canción del grupo Kortatu, liderado por Fermín Muguruza, que relata la fuga de Sarrionandia y Pikabea de la prisión de Martutene en 1985, escondidos en los altavoces tras un concierto del cantante Imanol Larzabal. Ambos fueron condenados por su pertenencia a ETA, una organización terrorista responsable de más de 800 asesinatos, miles de heridos y un sinfín de secuestros, extorsiones y actos de violencia que han marcado a fuego y sangre la historia reciente de España. La canción, lejos de ser una simple pieza musical, glorifica a estos asesinos, ignorando el dolor de las familias destrozadas por las acciones de los terroristas y sus cómplices.
El hecho de que el Celedón, figura central de las fiestas de Vitoria y símbolo de la identidad colectiva de la ciudad, se preste a entonar esta canción junto a Muguruza, un artista conocido por su vinculación con la izquierda abertzale y el entorno etarra, es un agravio intolerable. No se trata de un acto inocente en un simple concierto, sino de un acto deliberado que normaliza y enaltece la memoria de quienes sembraron el terror, mientras se envuelve en una narrativa de “diversidad” y “libertad de expresión”.
En el discurso inaugural de las fiestas, Kerejazu exclamó “Gora Gasteiz anitza! Gora gu ta gutarrak!” (“¡Viva Vitoria diversa! ¡Vivan los nuestros!”), un mensaje que, en teoría, abogaba por la inclusión y la pluralidad. Sin embargo, esta invocación a la diversidad demuestra todo lo contrario y se torna cínica cuando, días después, el mismo Celedón comparte escenario para cantar un tema que ensalza a quienes cometieron crímenes atroces.
¿Qué tipo de “diversidad” se promueve al dar protagonismo a una canción que ensalza a dos terroristas condenados por secuestro y asesinato? ¿Es esta la “Vitoria diversa” que se pretende proyectar, una que ignora el sufrimiento de las víctimas de ETA y trivializa su legado de dolor?
La presencia de “Sarri, Sarri” en un contexto festivo, respaldada por una figura tan emblemática como el Celedón, no es un acto de libertad artística, sino una afrenta a la memoria de las víctimas del terrorismo.
Al entonar Muguruza y Kerejazu el tema ante miles de personas, pierde fuerza la supuesta “diversidad” en al que solo tienen cabida los terroristas al mezclar la apología de actos criminales con la fiesta, ¿cómo se puede clamar por justicia social mientras se ensalza a quienes causaron tanto sufrimiento?
La participación del Celedón en este concierto no es un hecho aislado, sino un síntoma de una degradación progresiva de la vida pública en el País Vasco. La normalización de “Sarri, Sarri” como un himno festivo, despojado de su carga histórica, refleja una preocupante desconexión con las víctimas de ETA, cuyos nombres y tragedias parecen desvanecerse en el olvido colectivo.
La canción, que Muguruza ha intentado recontextualizar como un himno “antifascista”, no puede desvincularse de su origen: la glorificación de asesinos terroristas que simboliza el desafío a la justicia y la perpetuación de la violencia.
El hecho de que este acto tuviera lugar en las txosnas, un espacio alternativo al programa oficial de las fiestas, no exime de responsabilidad a las autoridades locales ni a la Comisión de Txosnas, que organizó el evento. Permitir que una figura como el Celedón, que representa a toda la ciudad, se asocie con un mensaje de apología del crimen y del terrorismo, es una muestra de negligencia y una falta de respeto hacia quienes aún lloran a las víctimas de ETA. La ausencia de una condena clara por parte del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz solo agrava esta percepción de indiferencia.
Mientras más de 10.000 personas abarrotaban el recinto de las txosnas, según estimaciones de medios locales, las víctimas de ETA y sus familias quedaban relegadas al silencio. No hubo espacio en el concierto para recordar a los asesinados, secuestrados o extorsionados por la organización terrorista a la que pertenecían Sarrionandia y Pikabea. No hubo un gesto de empatía hacia quienes, durante décadas, vivieron bajo la amenaza de la violencia. En su lugar, se optó por un espectáculo que, bajo el pretexto de la celebración cultural, reabrió heridas que nunca se han cerrado del todo.
La Asociación Víctimas del Terrorismo, que en el pasado denunció a Muguruza por interpretar “Sarri, Sarri” en diversos conciertos, tiene razones de sobra para sentirse indignada, como las tienen las miles de víctimas de la banda asesina.
La canción, lejos de ser un inocente cántico festivo, demuestra que su carga política sigue siendo utilizada por el entorno etarra para glorificar a los asesinos y para humillar a las víctimas.
En Vitoria, este gesto, no tan inocente, parece no importar. La fiesta prevalece, y el dolor de las víctimas queda sepultado bajo el ruido de los aplausos ante el enaltecimiento del terrorismo.
La actuación de Iñaki Kerejazu y Fermín Muguruza no puede pasar desapercibida como un simple evento musical. Es un recordatorio de que, en nombre de la “diversidad” y la “libertad”, se pueden perpetuar narrativas que hieren y dividen. Las fiestas de Vitoria deberían ser un espacio de unidad, no de provocación. El Celedón, como símbolo de la ciudad, tiene la responsabilidad de representar a todos los vitorianos, no solo a una parte que celebra la memoria de los asesinos y terroristas que han causado tanto daño.
Es hora de que la sociedad vasca, y en particular las instituciones de Vitoria, reflexionen sobre el mensaje que quieren transmitir en sus fiestas. La “diversidad” no puede ser una excusa para blanquear el terrorismo ni para trivializar el sufrimiento de sus víctimas.
La vida pública merece un estándar más alto, uno que honre la memoria de los caídos y promueva una verdadera convivencia, no la polarización disfrazada de fiesta.
Antonio Mancera Cárdenas, Director










































































