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El 3 de enero de 1892, con motivo de las inundaciones ocurridas en Villacomparada (Burgos) por el desbordamiento de los ríos Esgueva y Salón, el Capitán Luis Basenas Rodríguez, el Cabo José Madarro y cinco guardias civiles a sus órdenes consiguieron, con ayuda del vecindario, encauzar las aguas que habían llegado a algunas casas, recibiendo por este servicio el agradecimiento del Inspector General del Cuerpo, con anotación en la hoja de servicios.

El carácter benemérito o benefactor de la Guardia Civil forma parte de su naturaleza desde su creación y ha sido una constante a lo largo del tiempo con numerosas conductas reconocidas a miembros del Cuerpo a título personal. La lealtad, el sacrificio, la austeridad, la disciplina, la abnegación y el espíritu benemérito son los principios clave que guían sus actuaciones, y el férreo cumplimiento de estos compromisos ha permitido a la Guardia Civil garantizar la seguridad de la ciudadanía hasta nuestros días.

La faceta humanitaria con la que el fundador, Francisco Javier Girón y Ezpeleta, II Duque de Ahumada, imprimió a muchos de los artículos de la Cartilla del Cuerpo se reconocería públicamente en 1929, al concederse a la Guardia Civil la Gran Cruz de la Orden Civil de la Beneficencia con distintivo negro y blanco por los innumerables actos y servicios abnegados, humanitarios y heroicos, realizados con motivo de incendios, inundaciones y salvamento de náufragos.

En la actualidad, ese espíritu se mantiene vigente de manera expresa en el Código de Conducta del personal de la Guardia Civil, aprobado hace casi un año, cuyo artículo 21 exige a sus miembros prestar auxilio con los medios a su alcance a todo aquel que lo necesite, se encuentren o no de servicio, con especial atención a las personas y colectivos más vulnerables.